Sucedió en el verano de 844. Los habitantes de la costa asturiana intuyeron en la lejanía la extraña silueta de unos barcos afilados como espadas, con la proa erguida y coronada por la cabeza de un animal.
Eran bikingos. Años atrás, en junio de 793, los vikingos habían atacado por primera vez territorios cristianos, destruyendo el monasterio irlandés de Lindisfarne. En el siguiente estío hicieron lo propio con el monasterio de Jarrow. En los años sucesivos, sus ataques , cada vez más audaces, se dirigían hacia el todopoderoso reino carolingio y hacia los estados anglosajones de la actual Inglaterra. El temor que despiertan se hace inaguantable y así los templos ingleses elevarán una plegaria al cielo: "Oh señor, libranos de la furia de los hombres del Norte."
En realidad, estos guerreros asentados en los fiordos del norte europeo y en tierras danesas, eran mucho más que una jauría depredadora, como serían descritos por los cronistas cristianos. Expertos navegantes, comerciantes, colonizadores, su tradición cultural era muy rica y sus motivaciones para emprender las campañas de saqueo, siempre en el periodo estival, no se diferenciaban demasiado de las que guiaban a los reyes asturianos por tierras musulmanas: enriquecimiento y gloria guerrera en una sociedad cada vez más jerarquizada. Su estraordinario valor en combate, por otro lado, les llevará a ser contratados como mercenarios por los mismos reyes occidentales que claman contra su barbarie.
Regresamos al verano de 844. Los vikingos han atacado tierras francas y ahora, siguiendo la costa, llegan hasta las fronteras del reino de Asturias. Antes de inicar el viaje, probablemente han celebrado sacrificios en hornor de Thor, dios de los vientos y de las lluvias, para que éste aplaque la furia de Aegir y su mujer Ran y el océano se mantenga en calma. Los hombres del norten arriban en las cercanía de la antigua ciudad romana de Gijón y después siguen hacia Galicia, deteniéndose para saquear las tierras de la actual A Coruña. Allí, las tropas astures logran derrotarlos y los vikingos han de huir precipitadamente, si hacemos caso a las crónicas asturianas, que sin duda exageran el alcance de esa victoria.
En el año 858, otra expedición regresa al reino asturiano y esta vez son puestos en fuga por el conde gallego Pedro, un magnate local que presumiblemente protegía a sus haciendas y campesinos. Pero no será la última razzia. En los siglos sucesivos, Galicia se convertirá en foco principal de incursiones vikingas.
Los siglos han pasado con rapidez. Ahora nos hallamos en el año 1028. Gobierna en el reino asturleonés Alfonso V. Desde su niñez este monarca se ha visto envuelto en constantes guerras contra un sector de la nobleza hostil que discute su poder y se enfrenta a sus partidarios. En ese año, un asturiano, un mienbro de cierto relieve en el entonces territorio de Gozón, ve como su nombre salta a la palestra de la vida política. Se llama Feliz Agelaci y acaba de obtener el perdón real. El documento que recoge su pequeña historia nos dice que Agelaci había caido en desgracia con el rey por motivos desconocidos. Es muy plausible que Félix hubiera participado en alguna de las rebeliones nobiliarias, quién sabe si a la sombra de la reina Velasquita, madrastra de Alfonso V. Desde que había sido repudiada por su marido, el rey Vermudo II, Velasquita se refugia en Asturias, donde vivirá en silencio, apoyada en sus importantes posesiones y tal vez respaldando alguno de esos movimientos sediciosos. Lo cierto es que Félix ha visto como la ira del rey se eleva sobre su existencia y sabe que eso puede suponer su ejecución ¿Que puede hacer en estos instantes de incertidumbre? El documento nos proporciona la respuesta. Felix Agelaci se ha embarcado en las naves de los vikingos para buscar refugio en las lejanas tierras del Norte, tal vez en Dinamarca o Noruega. Como castigo, el soberano le ha arrebatado su villa de Ripiella, actual La Ribiella en Illas, que otorga a Velasquita.
No sabemos cuanto tiempo pasó Felix en tierras vikingas, pero lo cierto es que en agosto de 1028, un documento oficial señala su perdón. Félix ha vuelto a Asturias. Y en compensación por la villa de Ripiella, obtiene otra villa, la de Eiras, identificada con San Jorge de Heres, en uno de los valles más ricos del territorio gozoniego. El diploma nos indica además que Eiras se encuentra junto al puerto de Bonnuar, que algunos autores han interpretado como primera alusión a Bañugues. En Heres se ubicaban también la heredad de Valeri, la casa de Momella o el espacio de Auxio, citados entre los límites de la villa. Estos datos sugieren la relación de Félix Agelaci con estos parajes costeros, donde tal vez se situaban otras propiedades suyas e invitaban a imaginarnos su encuentro con los vikingos en la propia ensenada de Bañugues, perfecto fondeadeo para un drakkar de guerra. Claro esstá, se trata de pura especulación.
Si hoy queremos recorrer el valle de Heres, nos encontraremos con dos topónimos muy curiosos: Gelad, aldea cercana a Heres y Xelaz, entre Colandrero y Santa Eulalia de Nembro. Las similitudes con el apellido Agelaci resultan sorprendentes y fuerzan una pregunta ¿Constituyen el recuerdo en el espacio de las propiedades de nuestro Félix? Es posible. A veces la memoria de una figura queda impresa en una ería, en una aldea, en un montículo, por el que pasarán los años y las personas, hasta perder conciencia de sus orígnes, de la sombra de un asturiano que estuvo entre los vikingos.