La bravura del mar: naufragios y rescates en la costa de Gozón

Naufragios en el Cabo Peñas

Según antiguos relatos las mareas eran organizadas por la respiración de una ballena gigante. Tal vez en aquel tiempo las marejadas y oleadas de tormenta fueran para los marineros el signo mas visible de la furia desatada por el gran cetáceo, que terminaba por engullir barcos y tripulaciones. Año tras año, espoleadas por los vientos del NO, las aguas se rizaban. Cuando la tensión era insoportable, la corriente del Cantábrico se estrellaba contra los acantilados y trepaba a través de las rocas para luego retirarse.

El perfil costero de Gozón, dominado por la presencia majestuosa del Cabo Peñas, muestra afilados rompientes, pero también hay lugar para antiguos estuarios, reconvertidos en terrazas, como las de Llumeres o Bañugues. Es estos espacios, el mar vuelca su energía de foma más tímida, convietiéndolos en perfectos fondeaderos donde protegerse de las tormentas. No es el único escape para un barco azotado por los vientos. Si la fortuna le permitía llegar a la altura de Luanco, el brazo del puerto era un abrigo excelente. En el siglo XVIII la villa se vio favorecida por rentas reales "para las diferentes embarcaciones que en tiempo de guerras y tormentas se refugiaban en el". Eso hizo que Luanco se convirtiera en espacio de resguardo. En ocasiones los barcos aguardaban su entrada en el "Paraje de la Espera", entre la Punta de la Vaca y la Punta del Castillo. Sin embargo, no siempre había suerte. De embarrancar el buque en los acantilados, las gentes de la zona acudían al rescate de los marineros y de las mercancías o en el peor de los casos, a recoger los cadáveres que las respiraciones de la ballena gigante iban devolviendo a las playas día tras día.

Conservamos algunos relatos de estos trágicos sucesos. En ellos, los acontecimientos suelen repetirse y nos recuerdan la atmósfera de esos viejos cuentos góticos sobre buques fantasmas que regresan. Todo sucede en una noche de niebla. Comienzan a oirse gritos en el mar y un vecino, portando una tea encendida, trata de averiguar lo que pasa. Entonces, forzando su mirada con los ojos achicados, acierta a ver al buque herido. Algunos marineros han conseguido salvarse y se encuentran en los arrecifes. Desde allí imploran socorro. Otros compañeros aún permanecen en cubierta. El vecino corre a buscar ayuda y se dirige a la casa más cercana o quizá en busca de una persona influyente que reúna a las gentes.

Así sucedió en el amanecer del 4 de junio de 1698. María García, mujer de Toribio Menéndez, llega hasta la casa del párroco de San Nicolás de Bañugues. Con voz fatigada le cuenta que un barco ha chocado contra la roca de El Corbiro, en la ensenada de Bañugues. Algunos marineros han conseguido salvarse a nado pero faltan los cadáveres de otros compañeros. Francisco Morán, el cura, sale de casa con dos hombres y envia a buscar al justicia, que es su vecino. El grupo de hombres recorre el litoral. Pronto localizan un cuerpo sin vida. Según sus palabras se trata de un "hombre grueso y color blanco, y de mediana estatura, pelo roxo y gresio, no muy largo", que apenas conserva como ropaje "la camisa y calzoncillos de lienzo de lyado y unas medias de Inglaterra finas, color franciscano". Un marinero les dice que es condestable o piloto de la nave. Otros dos marineros aguardan junto a una iglesia, uno de ellos "maltratado por los golpes de las peñas". Poco después localizan un segundo cadáver. Esta vez se trata del capitán. Transcurridas dos horas, el mar devuelve un tercer cuerpo, el del contramaestre. En los días siguientes las mareas arrastran a tierra otros marineros muertos y ya putrefactos. Uno de ellos, el de un hombre "de mediana estatura, algo moreno" resulta ser el sobrino de un indiano de Santander y el otro su criado. El día 5 de junio aparece un cadáver desnudo, el 15 otros tres, con ropajes "color de sangre pudrida"; un día después, otro cuerpo sin ropajes se encuentra en el "Pozo de la Barquera". El cura párroco va enterrándolos a todos. Ese mismo día encuentran un nuevo cadáver en el puerto de Llumeres, que el párroco sepulta, "por el mal olor", en la capilla de Nuestra Santísima de las Nieves de dicho puerto. El 17 de Junio son dos los cuerpos hallados, "desnudos y maltratados", a los que se suman otros dos el 27. El último cadáver aparece el 30 de junio. Desconocemos el nombre del buque, su cargo o su destino, pero a lo largo del mes de junio de 1698, 15 muertos de un buque desconocido fueron arrastrados por el mar hacia la ribera de Gozón. De sus historias personales nada sabemos tampoco.


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