"En la antigua Roma, la aristocracia senatorial mantenía grandes cohortes de clientes, personas que buscaban agradar a los poderosos, apoyándolos en la toma de decisiones políticas o en los negocios, para acaparar a cambio influencias. Esta relación subordinada solía expresarse a través de actos simbólicos como la "salutario", una cermonia matutina por la que los clientes acudían a la casa del aristócrata a ofrecerle sus respetos e iniciar, si la ocasión lo requería charla amigable. De esta forma, los palacios se convertían en un centro mas de la vida ciudadana, unos espacios muy concurridos donde podían llegar a decidirse importantes cuestiones de estado o comentarse simplemente las pequeñas intimidades y devaneos de la sociedad romana. Transcurridos dieciocho siglos, en la Asturias de la Ilustración, los palacios de la nobleza siguen desempeñando funciones similares, convirtiéndose en epicentro de la vida provinciana. Uno de ellos, como hemos visto, era el palacio de Peñalba en la villa de Luanco.
En el año 1786 un inglés llamado Joseph Townsend recorrió nuestras tierras. Dotado de buen ojo descriptivo e imbadido por la curiosidad de los eruditos ilustrados, fue esbozando en su diario de campo cuantos detalles llegaban a su mirada. En Luanco, el viajero inglés permanece varios días y luego se marcha a la casa de campo que el conde de Peñalba. Sus palabras son el mejor reflejo de la importancia jugada por este edificio nobiliario en la vida ciudadana de Luanco, en tanto centro de atracción de las élites locales que se hallaban a la sombra de Peñalba. No olvidemos por otro lado que el palacio llegó a desempeñar a comienzos del siglo XVIII las veces de eventual ayuntamiento.
A través de su escrito, podemos seguir a Townsend de piso en piso y de habitación en habitación. Nos lo imaginamos alcanzando la fachada monumental de palacio, dirigida hacia la playa de la Ribera, en el entronque entre la calle Raposería y el propio paseo de la playa. Solo unos años antes, la gran tormenta de 1777 había hecho que el mar salvara el murallón de la Ribera y, tras dejar atrás el palacio, avanzara calle arriba. De la fiereza del mar cuenta el inglés al hablarnos del sistema constructivo empleado en el palacio. Es la primera etapa de su viaje :
"La casa del conde es maciza y está calculada principalmente para la fuerza, a fin de resistir a las olas que bañan continuamente sus sólidas bases y que quebrándose contra las paredes, lanza algunas veces su espuma por encima del elevado tejado, a la calle (...)".
A continuación Townsend penetra en el palacio a través de la cochera y fija su mirada de forma fugaz en las cuadras que ocupan el piso bajo. Después llega el gran salón señorial, que encuentra lleno de vecinos. Éstos disputan una partida de cartas:
"Cuando llegamos al salón estaba lleno, como de costumbre, por los vecinos, que se distraían jugando a las cartas; pero como quiera que no estábamos obligados a unirnos a la partida, que no era de las más agradables, subimos arriba y fuimos a tomar posesión de un cuarto que sirve en ocasiones de comedor".
Aquí tenemos la prueba mas expresiva del palacio como centro de la comunidad, que celebra allí sus reuniones colectivas al abrigo de la hospitalidad condal. Dejamos a Townsend en el primer piso del palacio, donde se sitúa el comedor. La comida se desarrolla estando presente toda la familia noble, que mantiene un fuerte vínculo patriarcal en torno a la figura del conde . Townsend describe con cierto detalle el comedor, que presenta un mobiliario modesto:
"La familia estaba compuesta del conde, de la condesa, y de sus hijos, de sus dos hermanas y de su madre. Su hermano, joven oficial muy amable, se encontraba allí de visita (...) El salón donde comimos era un doble cubo de unos cincuenta pies por veinticinco, con tales dimensiones, si estuviera bien amueblado sería muy elegante."
En este primer piso se encuentran además los dormitorios. Townsend comparte habitación esa noche con el hermano del conde.
"Los dormitorios eran en pequeño numero y en una escala reducida. Aquel en que yo dormí tenía aproximadamente once píes por catorce, y contenía sin embargo, dos camas, una para mi, la otra para el hermano del conde. Las paredes encaladas; los suelos, lisos, de madera, trabajados con azuela, pero sin cepillar, no recuerdo haber visto artesonado. Las camas no tenían cortinas".
Al día siguiente, la comida sirve al viajero para comparar a esta sociedad señorial asturiana con la inglesa:
"La manera de vivir tiene algo de la antigua hospitalidad británica; la larga mesa de roble, rodeada de fuertes bancos, también de roble, estaba cada día bién cubierta de manjares"
Durante la comida aparece un personaje andrajoso y casi desnudo que habla de forma natural con los miembros de la familia. Es el tonto del pueblo. Hasta él tiene por costumbre entrar en el palacio para rendir pleitesía. Las palabras de Townsend no están muy lejos de la atmósfera de una sala feudal en la que disfrutan del banquete los nobles, mientras a su alrededor deambula un bufón:
"Supe que ese miserable indivíduo era el tonto del pueblo, y como tal, gozaba del privilegio de ir donde le placía y hacer lo que quería, sin ninguna restricción".
La última estampa de su estancia en el palacio se refiere a un acto cotidiano, buena muestra de las cordiales relaciones entre las élites mercantiles de la villa y los condes de Peñalba. Estamos ante otro ritual colectivo que sirve de vínculo a las clases adineradas: compartir un cigarro tras la comida.
"Un negociante de Luanco había cortado un trocito de tabaco y lo había enrollado con esmero en una pequeña tira de papel, para formar de este modo un cigarro del grueso de una pluma de ganso; había cuidado de pellizcar y arrancar los dos extremos inútiles; después, con una madura deliberación, sacó su mechero con su piedra, y su trocito de yesca; hizo fuego, encendió su cigarro, comenzó a fumar, y hallando que tiraba bién, lo presentó a la condesa; esta se inclinó, lo tomó, lo fumó hasta la mitad y se lo devolvió."
Finalmente Townsend continuará viaje, dejando en sus páginas esbozos de la realidad asturiana en el siglo XVIII.