
Hay muchas formas posibles a la hora de interpretar el paisaje. El de Avilés, su ría y su entorno solo se puede interpretar adecuadamente como resultado de una serie de acciones esencialmente humanas y relativamente recientes desde la base material que la naturaleza ha proporcionado a partir de su historia geológica, junto con la actuación de los seres vivos y con su lente evolución natural a lo largo del tiempo.
El aprovechamiento del propio medio a distintos niveles según las necesidades de los moradores de la zona en distintas épocas ha ido modificando el propio medio siempre a beneficio del ser humano, aunque no siempre en aras de un desarrollo sostenible que hoy se hace indiscutible.
El primero de los episodios que vamos a mencionar se caracteriza por un aprovechamiento global de los recursos con una modificación muy pequeña del entorno, lo mínimo indispensable para la elaboración de sencillas viviendas o cobijos, y para aprovechar los recursos cinegéticos, agrícolas y pesqueros a una escala muy limitada.
EL CASTRO DE NIEVA
Desde un punto de vista estrictamente histórico, una de las primeras evidencias que nos encontramos de la utilización de este privilegiado entorno por parte del ser humano, la encontramos en el Castro del Cantu la Figal, que se encuentra situado sobre la parte mas elevada del promontorio de Nieva, en la parroquia de Laviana, aproximadamente a un kilómetro de la bocana de la ría de Avilés y justo sobre el espacio natural que nos ocupa, la ensenada de Llodero.
Algunos expertos afirman que data, como la mayoria de los castros asturianos, de aproximadamente del siglo I-II d.C., es decir de la época de la romanización. Pero hoy en día la mayoría de las excavaciones que se llevan a cabo en asentamientos de este tipo en la costa asturiana, demuestran un origen anterior, aunque fuese quizás de la época romana su momento de mayor esplendor.
Los expertos no han encontrado evidencias hasta el momento que nos inviten a pensar en dos niveles de ocupación como se han encontrado en el castro de la Campa Torres , en Gijón, en el Chao Sanmartín o en Pelou, donde se han podido apreciar dos épocas distintas de asentamiento, una claramente prerromana,y otra, como en la mayoria de los castros astures, de la época de la romanización.
Quizás estudios posteriores revelen nuevas evidencias y denuestren su origen anterior, pero hasta la fecha, los escasos restos encontrados en la zona apuntan a la mano organizativa del Imperio Romano, que llevo al establecimiento de una serie de puestos de vigilancia-comerciales, en lugares estratégicos como éste, a lo largo de la costa asturiana.
El pequeño tamaño del asentamiento del Cantu la Figal, hace pensar básicamente en estas dos finalidades, mas que en un lugar de asentamiento permanente.
El castro del Cantu la Figal es realmente excepcional, no solo por su situación, comparándolo con otros de parecida situación y época, sino por la propia construcción del mismo, ya que no se encuentran varias líneas de defensa, como en casi todos los castros costeros asturianos, sino solo una.
El talud lateral de la zona sur era la mejor defensa si los enemigos accedían por el camino habitual, desde la propia ria. Hacia el norte, este y oeste, la rasa estaba defendida por la única línea de defensa del castro.
Estas defensas naturales llevan a unas menores necesidades constructivas, ya que no se han encontrado restos de foso hasta la fecha, como en la mayoría de los castros de la costa asturiana. Los esfuerzos constructivos de su única línea de parapetos se centraron en las caras norte y oeste, ya que la cara sur estaba desobra protegida por el acantilado.
Su perímetro total, que fue construido paralelo a la curva de nivel sobre la que se asienta, aprovechando al máximo el terreno para favorecer su construcción, es de unos 150 metros. Su capacidad visual es completa, es decir se puede observar y vigilar los 360 grados, algo también poco frecuente en los castros de la costa asturiana.
Es parte de este carácter excepcional su situación en un estuario con una abundancia y variedad de recursos, pesca, cultivos, frutas, caza e incluso una fuente dentro del propio recinto, que dificilmente se pueden encontrar cerca de la mayoria de los asentamientos castreños similares.
En cualquier caso si función defensiva, algo básico en las construcciones de los castros astures, no sería sólo en un principio contra Roma, sino posteriormente se refuerza para protegerse de intereses ajenos al imperio.
Estos castros facilitarían a la administración romana el agrupamiento, orden y control de los distintos asentamientos, favoreciendo asimismo el cobro de los impuestos.
La zona rasa en la que encontramos este asentamiento presenta unas suaves llanuras en dirección Este que seguramente habrán proporcionado buenas tierras de cultivo, pastos para el ganado y frutas en este entorno limitado por la ensenada de Llodero al sur, y por la playa de Xagó, al norte.
No podemos olvidarnos de que la ría de Avilés, con su gran ensenada al abrigo de la violencia del Cantábrico, era además una vía de comunicación marítima, lo que llevaría al desarrollo del motor del asentamiento que daría lugar a la Villa de Avilés, su puerto, y que le daría un carácter no sólo pesquero, sino eminentemente comercial desde su origen.
El marisqueo habría de ser necesariamente abundante, y así se podrían recolectar facilmente abundantes moluscos: llámparas (patella vulgata), bígaros (littorina litorea) o mejillones (Mytilus edulis), chirla (Mactra stultorum), almeja (Astarte sulfata), navajas (Ensis sp.), etc en unas condiciones favorables que proporciona el abrigo del estuario. Asimismo es muy probable que en esa misma época se practicase la pesca, especialmente la costera.
El comercio o traslado de mercancias de unos pocos puertos a otros ya era abundante en la época del castro del Cantu la Figal, sobre todo teniendo en cuenta que en dirección oeste nos encontramos con otros tres castros en apenas 25 Kms.

(Las perlas naturales de la ría de Avilés)
Autores.- Alberto López Fernández
Bernardo de León Suárez
Juan Eugenio Ramos López